La humildad nos lleva a la realidad, y para poder
querernos mil veces más primero tenemos que ser realistas, asumir lo
que somos y desde ese punto crecer. A semejanza del sistema de
control de un invernadero, donde se monitorizan y adaptan las
variables de humedad y temperatura, la variable que debemos
monitorizar en nosotros mismos para controlar nuestra humildad es el
orgullo. Una estima exacerbada o extrema por nosotros mismos nos
lleva a pensar que sólo existimos nosotros, que somos el centro del
universo, que lo que hacemos está todo bien y además nos olvidamos
de los demás.
El exceso de orgullo produce los mismos efectos que
si te escayolan los codos, de tal manera que no podrás flexionar los
antebrazos y por lo tanto no podrás acercarte las cosas a la cara,
tu cara se habrá alejado de tus manos y sólo podrán alcanzar la
cara de otros. De la misma manera tu exceso de orgullo, es decir, tu
vanidad o tu soberbia, te alejarán de tu propia realidad y sólo
podrás ver la realidad de otros.
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